Las Hermanas Blancas de África posando con internos mestizos del instituto de Save, en Ruanda.

Mestizos, el color del pecado

24H01 · junio 2016

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¿La colonización belga en África? Lo primero que nos viene a la mente es un misionero, con ropa y salacot blancos, posando junto a indígenas negros medio desnudos. Una imagen muy extendida que omite la existencia de una tercera categoría de la que casi nunca se habla: los mestizos. Estos niños, nacidos de relaciones a menudo adúlteras entre colonos europeos y mujeres africanas, incomodan a las autoridades belgas: ni negros ni blancos, trastocan el orden social de la colonia. Arrancados a sus madres y repudiados por sus padres, son escondidos, aislados y trasladados durante toda su juventud, y luego reunidos en vuelos chárter hacia Bélgica en 1959, en vísperas de la independencia del Congo. Hoy, todavía marcados por los estigmas de su juventud y cansados del silencio que rodea su historia, los mestizos belgas han decidido tomar la palabra. Una asociación se reunirá incluso con los parlamentarios de Bruselas el próximo octubre1 para defender su causa. Relatos de vida con Luc, Eveline, Charles y François, portadores de «el color del pecado».

  1. 1 20 de octubre de 2016, Les jeudis de l’hémicycle.

«Están los blancos, los negros, y luego yo, entre los dos…»

Desde la primera infancia, a los mestizos se les inculca que valen más que los africanos, pero que siguen siendo inferiores a los europeos. Discriminados por ambos grupos, les cuesta encontrar su lugar. Inmersión en el pasado de Eveline Schmit, una mestiza que nunca ha encontrado del todo su camino.

Eveline Schmit.
Eveline Schmit.

«Mi padre trabajaba para el Estado belga como agente territorial en las colonias. Conoció a mi madre durante una misión en Ruanda y se casaron según la costumbre local. Nací en 1952». Eveline Schmit, como muchos niños nacidos en territorios bajo dominio colonial, es fruto del encuentro entre un colonizador europeo y una mujer africana. Se calcula que unos 10.0001 niños mestizos nacieron en las colonias belgas del Congo, Ruanda y Burundi (llamado entonces Ruanda-Urundi) entre 1908 y 1959. Estos niños incomodan a las autoridades belgas, que ven en ellos una amenaza para el orden social de la región. Mitad blancos, mitad negros, difuminan una distinción racial que constituye el fundamento del funcionamiento de la colonia. También plantean la cuestión del prestigio colonial: con sangre europea corriendo por sus venas, no pueden ser considerados «simples indígenas». Las palabras de Pierre Nolf, científico belga de la primera mitad del siglo XX, ilustran la inquietud que provoca la Cuestión mestiza: «Estas uniones [entre un blanco y una negra, N. de la R.] no suelen ser felices para quienes las contraen. Producen mestizos que, al no pertenecer a ninguna de las dos razas, forman un elemento social inestable y descontento. Son una grave amenaza para el futuro de la raza blanca, que solo seguirá siendo capaz de cumplir su misión civilizadora a condición de preservar la calidad de su sangre».2

«Mi padre me llevó a la fuerza»

«A los dos años y medio, Pierre Schmit, mi padre, vino a arrancarme de los brazos de mi madre», recuerda Eveline con amargura. «Esperaba a que yo supiera ir sola al baño para poder internarme en un colegio especial para mestizos. Tuvo que intentarlo varias veces para encontrarme, porque mi madre me escondía cada vez que venía. Al final acabó llevándome a la fuerza. La mayoría de los padres blancos no querían que su hijo mestizo creciera en la cultura africana. Querían que recibiéramos una educación occidental: que vistiéramos, comiéramos y habláramos como blancos». El internado al que la lleva su padre en 1955 está en Ndoluma, cerca de Goma, en la región congoleña de Kivu del Norte, a 200 km de su tierra natal. Su madre vive cerca de un internado para mestizos en Butare, en Ruanda, pero su padre prefiere alejarla para asegurarse de que su familia africana no vaya a buscarla. Acaba en una misión protestante norteamericana con una treintena de niños, todos mestizos. La mayoría han sido llevados allí por sus padres o por administradores coloniales que los encontraron en el campo. En aquella época, cuando un blanco ve a un niño mestizo en un pueblo, la costumbre manda que se lo lleve para dejarlo en una misión religiosa, a veces sin molestarse en avisar a la madre. Sarah Heynssens, historiadora belga, explica la razón de esta política: «Los representantes oficiales de las colonias reciben instrucciones de seguir una serie de normas muy estrictas respecto a los niños con “sangre” europea. El Recueil à l’usage des fonctionnaires et des agents du Service territorial, un manual práctico para los representantes oficiales de las colonias, pide a los agentes sobre el terreno que convenzan a las madres africanas de enviar a sus hijos mestizos a las misiones».3

La vida en el instituto

En el internado protestante, Eveline aprende inglés y olvida rápidamente su lengua materna, el kinyarwanda. Los misioneros no permiten el uso de ninguna lengua indígena en el internado. Es un problema recurrente entre los mestizos: cuando retoman el contacto con su familia africana años después, no logran restablecer los lazos porque no se entienden.

«La mayoría de los padres blancos no querían que su hijo creciera en la cultura africana. Querían que vistiéramos, comiéramos y habláramos como blancos».

«Prefiero llamarlo orfanato antes que internado porque, aunque no éramos huérfanos, era como si lo fuéramos. Éramos niños no deseados. Ni mi padre ni mi madre me visitaron nunca. De hecho, ningún padre venía a ver a los niños, estábamos completamente abandonados a los misioneros. Años después, le pregunté a mi papá por qué nunca había venido. Se disculpó y me respondió que “estaba demasiado lejos”».

Las misiones religiosas ofrecen a los niños alojamiento y comida, además de una enseñanza religiosa rudimentaria. Los visten con ropa de segunda mano procedente de Estados Unidos y los obligan a vivir a la manera occidental. Los niños deben, por ejemplo, llevar zapatos: un calvario para quienes no están acostumbrados. «Los misioneros nos enseñaban a leer y a escribir. En realidad, los veíamos poco, siempre estábamos entre jóvenes mestizos. Jugábamos, nos consolábamos unos a otros: éramos como una gran familia. Recuerdo que a menudo nos preguntábamos por qué estábamos lejos de nuestros padres. ¿Qué habíamos hecho para que nos apartaran? Llegamos a la conclusión de que era por el color de nuestra piel. Estaban los blancos, los negros, y luego estábamos nosotros». Hay que decir que los mestizos no llegan solos a esta conclusión: los misioneros les recuerdan a menudo que su piel lleva «el color del pecado». Más tarde, la madre adoptiva estadounidense de Eveline le repetirá que debe arrepentirse y dedicar su vida a hacerse perdonar la falta de sus padres.

Cambio de hemisferio

En 1959, la agitación se vuelve palpable en el Congo belga. Grupos de jóvenes bailan en la calle, el ambiente se caldea y una sola palabra se lee en los labios: independencia. Los misioneros, los administradores coloniales y demás muzungus (blancos, en kinyarwanda) se apresuran a hacer las maletas para volver a casa. Como los niños mestizos congoleños son considerados «propiedad» de Bélgica, son repatriados a Bruselas.

«En el instituto, a menudo nos preguntábamos por qué estábamos lejos de nuestros padres. ¿Qué habíamos hecho para que nos apartaran?»

Los pequeños ruandeses y burundeses son devueltos a sus tierras natales, ya que Ruanda-Urundi sigue siendo propiedad de Bélgica. Un misionero estadounidense acompaña a Eveline a Buyumbura, en Burundi, para que se reencuentre con su progenitor. «Él quería que me enviaran a Europa con los demás. Tenía 7 años. A la llegada, nos internaron en un pensionado protestante en Uccle, bajo la tutela de un pastor sueco. Ninguno de nosotros pasó por los servicios de adopción belgas».

El pensionado quiere encontrarles familias adoptivas de confesión protestante, algo que no abunda en Bélgica. Al cabo de aproximadamente un año, el pastor encuentra una familia en Boston, en Estados Unidos, que desea acoger a Eveline. Se intercambian unas cuantas cartas y asunto zanjado: la envían al otro lado del Atlántico. Todo ello sin la intervención de un trabajador social ni de un psicólogo, ni la menor indagación sobre la familia en cuestión. «Este tercer giro de mi vida fue una catástrofe. Mi nueva familia estadounidense estaba formada por una joven enfermera y su madre discapacitada. Pertenecían a una secta sobre la que calcaban todas sus actividades. Solo podía ir a las escuelas del grupo y relacionarme con sus miembros, era un entorno de vida malsano. Pero lo que más me rompía el corazón era pensar que mi madre nunca podría encontrarme después de tantos traslados».

«Ni mi padre ni mi madre me visitaron nunca. Ningún padre venía a ver a los niños: estábamos completamente abandonados a los misioneros».

Lo que vino después, por desgracia, le dio la razón. Y eso que Eveline buscó a su madre con empeño durante años. «Hice muchísimas búsquedas a través de las embajadas, pero nunca daban ningún resultado. Acabé por pensar que había muerto. Más tarde descubrí que, cuando mi padre me llevó al orfanato de Ndoluma, cambió mi nombre, mi fecha de nacimiento y el nombre de mi madre, para asegurarse de que ella no me encontrara. Mis búsquedas eran completamente inútiles». Muchos mestizos sufrieron estas falsificaciones de documentos. En el caso de Eveline, su progenitor quería asegurarse de que su familia africana no fuera a buscarla al internado. En otros casos, el colono tenía una familia en Bélgica y no quería que su mujer se enterara de la existencia de un hijo bastardo, y para colmo medio negro. Solo una décima parte de los 10.000 niños mestizos fueron reconocidos legalmente por sus padres. Los blancos temían ser despedidos de su puesto si revelaban la existencia de su descendencia. Era el caso del padre de Eveline, que prefirió esperar a jubilarse para firmar una partida de nacimiento en debida forma.

Cicatrizar las heridas

Eveline volvió a vivir a Bélgica a los 29 años. Su padre nunca quiso ayudarla a identificar a su madre. Quería que formara una familia en Europa y que se desprendiera por completo de sus raíces africanas. «Hacía ya varios años que mi padre me pedía que volviera. Al llegar, ya no hablaba nada de francés, así que me costó encontrar trabajo. Empecé a estudiar Medicina en la UCL, pero lo dejé cinco años después cuando me ofrecieron un puesto en un laboratorio. Me casé y ya no volví a pensar en mudarme». Eveline volvió por primera vez a Ruanda a los 60 años. Le tenía pánico al País de las Mil Colinas: lo que imaginaba de su país natal no era más que violencia, asesinatos, secuestros y corrupción. Descubrió una sociedad sana, gente acogedora y paisajes que quitan el aliento. Sin embargo, nunca encontró a nadie de su familia africana.

«Nuestra terrible historia merece ser conocida. Es hora de romper el silencio».

Hay tantas historias distintas como mestizos. Lo que no impide que Eveline se sienta unida a todos los niños de sangre mezclada: «Hay algo que nos ha hecho sufrir a todos y que ha forjado nuestra identidad común. Es el sentimiento de no pertenecer a ningún grupo. De pasar siempre por el extranjero. En África, me señalaban con el dedo por la calle, a veces se burlaban de mí. En Bélgica, los padres no dejaban que sus hijos jugaran conmigo por el color de mi piel y por ser huérfana. En Estados Unidos, gente de la comunidad afroamericana me rechazó al enterarse de que mi padre era blanco. Dondequiera que viví, se repetía el mismo esquema: estaban los negros, los blancos, y luego yo, ahí, entre los dos». Los traumas de su infancia y su adolescencia marcaron a Eveline para siempre. Hoy, por fin consigue poner palabras a sus dolores pasados: está escribiendo un libro que espera publicar algún día. «Nuestra terrible historia merece ser conocida. Al leer mi trayectoria vital, quizá otros mestizos tengan el valor de contar también la suya. Escribir mis desventuras me ha permitido atenuar mi rabia. Es hora de romper el silencio».

  1. 1 Esta cifra, procedente de los archivos africanos del Ministerio de Asuntos Exteriores en Bruselas, es bastante aproximada, ya que muchos niños mestizos no fueron declarados al nacer.
  2. 2 Palabras de 1930, recogidas en el libro de Assumani Budagwa «Noir, Blanc, Métis. La Belgique et la ségrégation des Métis du Congo belge et du Ruanda-Urundi (1908-1960)» (2014), p. 84.
  3. 3 Palabras recogidas en el artículo «Entre deux mondes. Le déplacement des enfants métis du Ruanda-Urundi colonial vers la Belgique» (2012), de Sarah Heynssens. Puede leerse íntegro aquí.