Mestizos, el color del pecado
¿La colonización belga en África? Lo primero que nos viene a la mente es un misionero, con ropa y salacot blancos, posando junto a indígenas negros medio desnudos. Una imagen muy extendida que omite la existencia de una tercera categoría de la que casi nunca se habla: los mestizos. Estos niños, nacidos de relaciones a menudo adúlteras entre colonos europeos y mujeres africanas, incomodan a las autoridades belgas: ni negros ni blancos, trastocan el orden social de la colonia. Arrancados a sus madres y repudiados por sus padres, son escondidos, aislados y trasladados durante toda su juventud, y luego reunidos en vuelos chárter hacia Bélgica en 1959, en vísperas de la independencia del Congo. Hoy, todavía marcados por los estigmas de su juventud y cansados del silencio que rodea su historia, los mestizos belgas han decidido tomar la palabra. Una asociación se reunirá incluso con los parlamentarios de Bruselas el próximo octubre1 para defender su causa. Relatos de vida con Luc, Eveline, Charles y François, portadores de «el color del pecado».
- 1 20 de octubre de 2016, Les jeudis de l’hémicycle.
«Están los blancos, los negros, y luego yo, entre los dos…»
Desde la primera infancia, a los mestizos se les inculca que valen más que los africanos, pero que siguen siendo inferiores a los europeos. Discriminados por ambos grupos, les cuesta encontrar su lugar. Inmersión en el pasado de Eveline Schmit, una mestiza que nunca ha encontrado del todo su camino.
«Mi padre trabajaba para el Estado belga como agente territorial en las colonias. Conoció a mi madre durante una misión en Ruanda y se casaron según la costumbre local. Nací en 1952». Eveline Schmit, como muchos niños nacidos en territorios bajo dominio colonial, es fruto del encuentro entre un colonizador europeo y una mujer africana. Se calcula que unos 10.0001 niños mestizos nacieron en las colonias belgas del Congo, Ruanda y Burundi (llamado entonces Ruanda-Urundi) entre 1908 y 1959. Estos niños incomodan a las autoridades belgas, que ven en ellos una amenaza para el orden social de la región. Mitad blancos, mitad negros, difuminan una distinción racial que constituye el fundamento del funcionamiento de la colonia. También plantean la cuestión del prestigio colonial: con sangre europea corriendo por sus venas, no pueden ser considerados «simples indígenas». Las palabras de Pierre Nolf, científico belga de la primera mitad del siglo XX, ilustran la inquietud que provoca la Cuestión mestiza: «Estas uniones [entre un blanco y una negra, N. de la R.] no suelen ser felices para quienes las contraen. Producen mestizos que, al no pertenecer a ninguna de las dos razas, forman un elemento social inestable y descontento. Son una grave amenaza para el futuro de la raza blanca, que solo seguirá siendo capaz de cumplir su misión civilizadora a condición de preservar la calidad de su sangre».2
«Mi padre me llevó a la fuerza»
«A los dos años y medio, Pierre Schmit, mi padre, vino a arrancarme de los brazos de mi madre», recuerda Eveline con amargura. «Esperaba a que yo supiera ir sola al baño para poder internarme en un colegio especial para mestizos. Tuvo que intentarlo varias veces para encontrarme, porque mi madre me escondía cada vez que venía. Al final acabó llevándome a la fuerza. La mayoría de los padres blancos no querían que su hijo mestizo creciera en la cultura africana. Querían que recibiéramos una educación occidental: que vistiéramos, comiéramos y habláramos como blancos». El internado al que la lleva su padre en 1955 está en Ndoluma, cerca de Goma, en la región congoleña de Kivu del Norte, a 200 km de su tierra natal. Su madre vive cerca de un internado para mestizos en Butare, en Ruanda, pero su padre prefiere alejarla para asegurarse de que su familia africana no vaya a buscarla. Acaba en una misión protestante norteamericana con una treintena de niños, todos mestizos. La mayoría han sido llevados allí por sus padres o por administradores coloniales que los encontraron en el campo. En aquella época, cuando un blanco ve a un niño mestizo en un pueblo, la costumbre manda que se lo lleve para dejarlo en una misión religiosa, a veces sin molestarse en avisar a la madre. Sarah Heynssens, historiadora belga, explica la razón de esta política: «Los representantes oficiales de las colonias reciben instrucciones de seguir una serie de normas muy estrictas respecto a los niños con “sangre” europea. El Recueil à l’usage des fonctionnaires et des agents du Service territorial, un manual práctico para los representantes oficiales de las colonias, pide a los agentes sobre el terreno que convenzan a las madres africanas de enviar a sus hijos mestizos a las misiones».3
La vida en el instituto
En el internado protestante, Eveline aprende inglés y olvida rápidamente su lengua materna, el kinyarwanda. Los misioneros no permiten el uso de ninguna lengua indígena en el internado. Es un problema recurrente entre los mestizos: cuando retoman el contacto con su familia africana años después, no logran restablecer los lazos porque no se entienden.
«La mayoría de los padres blancos no querían que su hijo creciera en la cultura africana. Querían que vistiéramos, comiéramos y habláramos como blancos».
«Prefiero llamarlo orfanato antes que internado porque, aunque no éramos huérfanos, era como si lo fuéramos. Éramos niños no deseados. Ni mi padre ni mi madre me visitaron nunca. De hecho, ningún padre venía a ver a los niños, estábamos completamente abandonados a los misioneros. Años después, le pregunté a mi papá por qué nunca había venido. Se disculpó y me respondió que “estaba demasiado lejos”».
Las misiones religiosas ofrecen a los niños alojamiento y comida, además de una enseñanza religiosa rudimentaria. Los visten con ropa de segunda mano procedente de Estados Unidos y los obligan a vivir a la manera occidental. Los niños deben, por ejemplo, llevar zapatos: un calvario para quienes no están acostumbrados. «Los misioneros nos enseñaban a leer y a escribir. En realidad, los veíamos poco, siempre estábamos entre jóvenes mestizos. Jugábamos, nos consolábamos unos a otros: éramos como una gran familia. Recuerdo que a menudo nos preguntábamos por qué estábamos lejos de nuestros padres. ¿Qué habíamos hecho para que nos apartaran? Llegamos a la conclusión de que era por el color de nuestra piel. Estaban los blancos, los negros, y luego estábamos nosotros». Hay que decir que los mestizos no llegan solos a esta conclusión: los misioneros les recuerdan a menudo que su piel lleva «el color del pecado». Más tarde, la madre adoptiva estadounidense de Eveline le repetirá que debe arrepentirse y dedicar su vida a hacerse perdonar la falta de sus padres.
Cambio de hemisferio
En 1959, la agitación se vuelve palpable en el Congo belga. Grupos de jóvenes bailan en la calle, el ambiente se caldea y una sola palabra se lee en los labios: independencia. Los misioneros, los administradores coloniales y demás muzungus (blancos, en kinyarwanda) se apresuran a hacer las maletas para volver a casa. Como los niños mestizos congoleños son considerados «propiedad» de Bélgica, son repatriados a Bruselas.
«En el instituto, a menudo nos preguntábamos por qué estábamos lejos de nuestros padres. ¿Qué habíamos hecho para que nos apartaran?»
Los pequeños ruandeses y burundeses son devueltos a sus tierras natales, ya que Ruanda-Urundi sigue siendo propiedad de Bélgica. Un misionero estadounidense acompaña a Eveline a Buyumbura, en Burundi, para que se reencuentre con su progenitor. «Él quería que me enviaran a Europa con los demás. Tenía 7 años. A la llegada, nos internaron en un pensionado protestante en Uccle, bajo la tutela de un pastor sueco. Ninguno de nosotros pasó por los servicios de adopción belgas».
El pensionado quiere encontrarles familias adoptivas de confesión protestante, algo que no abunda en Bélgica. Al cabo de aproximadamente un año, el pastor encuentra una familia en Boston, en Estados Unidos, que desea acoger a Eveline. Se intercambian unas cuantas cartas y asunto zanjado: la envían al otro lado del Atlántico. Todo ello sin la intervención de un trabajador social ni de un psicólogo, ni la menor indagación sobre la familia en cuestión. «Este tercer giro de mi vida fue una catástrofe. Mi nueva familia estadounidense estaba formada por una joven enfermera y su madre discapacitada. Pertenecían a una secta sobre la que calcaban todas sus actividades. Solo podía ir a las escuelas del grupo y relacionarme con sus miembros, era un entorno de vida malsano. Pero lo que más me rompía el corazón era pensar que mi madre nunca podría encontrarme después de tantos traslados».
«Ni mi padre ni mi madre me visitaron nunca. Ningún padre venía a ver a los niños: estábamos completamente abandonados a los misioneros».
Lo que vino después, por desgracia, le dio la razón. Y eso que Eveline buscó a su madre con empeño durante años. «Hice muchísimas búsquedas a través de las embajadas, pero nunca daban ningún resultado. Acabé por pensar que había muerto. Más tarde descubrí que, cuando mi padre me llevó al orfanato de Ndoluma, cambió mi nombre, mi fecha de nacimiento y el nombre de mi madre, para asegurarse de que ella no me encontrara. Mis búsquedas eran completamente inútiles». Muchos mestizos sufrieron estas falsificaciones de documentos. En el caso de Eveline, su progenitor quería asegurarse de que su familia africana no fuera a buscarla al internado. En otros casos, el colono tenía una familia en Bélgica y no quería que su mujer se enterara de la existencia de un hijo bastardo, y para colmo medio negro. Solo una décima parte de los 10.000 niños mestizos fueron reconocidos legalmente por sus padres. Los blancos temían ser despedidos de su puesto si revelaban la existencia de su descendencia. Era el caso del padre de Eveline, que prefirió esperar a jubilarse para firmar una partida de nacimiento en debida forma.
Cicatrizar las heridas
Eveline volvió a vivir a Bélgica a los 29 años. Su padre nunca quiso ayudarla a identificar a su madre. Quería que formara una familia en Europa y que se desprendiera por completo de sus raíces africanas. «Hacía ya varios años que mi padre me pedía que volviera. Al llegar, ya no hablaba nada de francés, así que me costó encontrar trabajo. Empecé a estudiar Medicina en la UCL, pero lo dejé cinco años después cuando me ofrecieron un puesto en un laboratorio. Me casé y ya no volví a pensar en mudarme». Eveline volvió por primera vez a Ruanda a los 60 años. Le tenía pánico al País de las Mil Colinas: lo que imaginaba de su país natal no era más que violencia, asesinatos, secuestros y corrupción. Descubrió una sociedad sana, gente acogedora y paisajes que quitan el aliento. Sin embargo, nunca encontró a nadie de su familia africana.
«Nuestra terrible historia merece ser conocida. Es hora de romper el silencio».
Hay tantas historias distintas como mestizos. Lo que no impide que Eveline se sienta unida a todos los niños de sangre mezclada: «Hay algo que nos ha hecho sufrir a todos y que ha forjado nuestra identidad común. Es el sentimiento de no pertenecer a ningún grupo. De pasar siempre por el extranjero. En África, me señalaban con el dedo por la calle, a veces se burlaban de mí. En Bélgica, los padres no dejaban que sus hijos jugaran conmigo por el color de mi piel y por ser huérfana. En Estados Unidos, gente de la comunidad afroamericana me rechazó al enterarse de que mi padre era blanco. Dondequiera que viví, se repetía el mismo esquema: estaban los negros, los blancos, y luego yo, ahí, entre los dos». Los traumas de su infancia y su adolescencia marcaron a Eveline para siempre. Hoy, por fin consigue poner palabras a sus dolores pasados: está escribiendo un libro que espera publicar algún día. «Nuestra terrible historia merece ser conocida. Al leer mi trayectoria vital, quizá otros mestizos tengan el valor de contar también la suya. Escribir mis desventuras me ha permitido atenuar mi rabia. Es hora de romper el silencio».
- 1 Esta cifra, procedente de los archivos africanos del Ministerio de Asuntos Exteriores en Bruselas, es bastante aproximada, ya que muchos niños mestizos no fueron declarados al nacer.
- 2 Palabras de 1930, recogidas en el libro de Assumani Budagwa «Noir, Blanc, Métis. La Belgique et la ségrégation des Métis du Congo belge et du Ruanda-Urundi (1908-1960)» (2014), p. 84.
- 3 Palabras recogidas en el artículo «Entre deux mondes. Le déplacement des enfants métis du Ruanda-Urundi colonial vers la Belgique» (2012), de Sarah Heynssens. Puede leerse íntegro aquí.
«Nos tomaban por salvajes»
La Cuestión mestiza es objeto de debate en la administración del Congo belga. Algunos temen que se conviertan en los instigadores de una revuelta; otros piensan que serán capataces competentes. En general, todos coinciden en una cosa: hay que aislarlos del resto de la sociedad. Charles Géradin y Luc Van Damme dan testimonio de la penosa vida cotidiana en un instituto para mestizos.
Luc Van Damme (a la derecha en la foto) entra en el instituto de Save (se pronuncia «Savé») a los 4 años, en 1958. «Cuando era pequeño, me hacía pis en la cama. Por la mañana, a los niños que habían manchado las sábanas les pegaban delante de todos. Me traumatizó tanto que tuve problemas nocturnos hasta los 14 años». El instituto lo dirigen las Hermanas Blancas de África. Las vejaciones que infligen a los niños les dejan a todos un recuerdo doloroso. Charles Géradin, otro mestizo de Save (a la izquierda en la foto), nació en 1945 y vive en el instituto desde 1951. Sesenta años después, su memoria sigue intacta: «La hermana Assumpta mandaba recoger ortigas y las dejaba reposar en agua toda la noche. Por la mañana, azotaba a los niños con los tallos húmedos. Disfrutaba haciéndolo. Creo que estaba al límite, tenía demasiado trabajo. La violencia era su válvula de escape». Este recuerdo no es más que un ejemplo de los malos tratos que sufrían a diario los niños mulatos en las «colonias escolares» del Congo belga y de Ruanda-Urundi.
En 1909, la misión católica de Save abre sus puertas en Butare, en Ruanda, cerca de la frontera con Burundi. Orfanato en sus inicios, la misión dirigida por las Hermanas Blancas de África se transforma rápidamente en un instituto para niños mestizos. Un centenar de jóvenes mulatos reciben allí una educación católica muy estricta. Derivado de la palabra «mulo», mulato designa a las personas nacidas de un padre europeo y una madre africana: un término bastante despectivo, hoy políticamente incorrecto. Una de las hermanas de la misión, Elisabeth de la Trinité, describe en una carta sus impresiones al llegar al instituto: «A primera vista, parece que estos niños no están alegres. Todos son distintos: se ven niñas rubias de tez lechosa, rostros casi negros de pelo crespo y toda la gama del mestizaje. Llevan uniforme: vestido de algodón azul para las chicas, pantalón corto y camisa de manga corta para los chicos. Niños de todos los tonos y de todas las edades, desde pequeños de dos años hasta las mayores, que tienen veintiocho…»1 Los mestizos crecen apartados de la sociedad africana, casi en autarquía, bajo la tutela de las hermanas, que dirigen el internado con mano de hierro.
«Sangre blanca» en las venas
Si los pequeños mulatos son separados de sus padres y reunidos en escuelas especiales es (entre otras razones) porque colonos de alto rango ven en ellos una futura mano de obra de calidad. Más inteligentes que los autóctonos, ofrecerían un mayor rendimiento sin dejar de ser baratos. Los colonos hablan de crear una «casta mestiza», como explica Lissia Jeurissen, historiadora belga y colaboradora del Centre d’Études Ethnicité et Migrations (CEDEM): «Una clase social intermedia que evolucionaría por separado de las demás comunidades raciales (barrios de residencia, escuelas) para evitar las frustraciones que pudieran alimentar un sentimiento de venganza o de protesta. Los mestizos gozarían entonces de un estatus específico, más elevado que el de los autóctonos negros, pero algo por debajo del de los europeos».2 Las autoridades coloniales ponen, por tanto, su educación en manos de misiones religiosas, como la de Save.
«La hermana Assumpta azotaba a los niños con tallos de ortiga húmedos. La violencia era su válvula de escape».Charles Géradin
En el instituto, el contacto de los niños con el mundo exterior se reduce al mínimo. Reciben una enseñanza similar a la que se imparte en Bélgica: «Aprendíamos a contar con dibujos de manzanas y peras, cuando esas frutas no existían en África», recuerda Luc. Sarah Heynssens, historiadora belga especialista en la época colonial, describe las diversas tácticas de la institución para diferenciar a los mestizos de los negros: «La vestimenta, los zapatos y los cortes de pelo occidentales ponen de relieve las diferencias físicas. La comida es más variada y más rica que la de la mayoría de los africanos. Gracias a este trato de favor, los niños parecen y se sienten “superiores”, pero, a cambio, rompen cada vez más con la sociedad africana».3
Exilio belga
En 1959, el engranaje de la independencia se pone en marcha en el Congo. Los blancos sienten que ya no son bienvenidos. Sor Lutgardis, la directora de Save, se desvive por enviar a los jóvenes mulatos a Bélgica. Según Luc Van Damme, teme que los masacren: «Temía represalias del pueblo congoleño contra los hijos de los colonos. En el lado ruandés, las tensiones entre hutus y tutsis se agravaban, y muchos de nosotros teníamos madres de origen tutsi». Una explicación que otras personas desmienten, entre ellas su amigo Charles Géradin: «La autoridad colonial nos hizo evacuar porque temía que nos volviéramos contra ella. Prefería tener bajo control a sus posibles futuros enemigos». Sea como sea, sor Lutgardis, con el apoyo de la Association Pour la Protection des Mulâtres (APPM), recorre la región con la esperanza de encontrar a las madres de los pequeños: su consentimiento es indispensable para llevar a los jóvenes a Europa. El viaje se presenta como una evacuación necesaria para asegurar el futuro de los niños y ofrecerles una educación de calidad. Muchas africanas, analfabetas, firman el documento con el pulgar sin saber a qué están consintiendo indirectamente: la adopción de su hijo en Bélgica. A las que no quieren firmar se las amenaza con tener que pagar la totalidad de los gastos escolares del instituto. Tras algunas semanas de persuasión, la mayoría de las madres aceptan la partida de sus hijos.
«Aprendíamos a contar con dibujos de manzanas y peras, cuando esas frutas no existían en África».Luc Van Damme
El 4 de noviembre de 1959, los primeros niños color café con leche despegan rumbo a suelo belga. «Los adultos nos hicieron subir a camiones sin techo», recuerda Luc. «De pie en el vehículo, con el viento en el pelo, ¡estaba en la gloria! No sabíamos adónde nos llevaban, pero todos estábamos emocionados por dejar el instituto. Cuando llegamos al aeropuerto, me encantaba la idea de subir a un avión. Mi padre nos acompañó para despedirse. Me hacía señas de adiós a través de la ventanilla, pero yo no lo miraba porque le tenía pánico. Más bien estaba contento de dejar Ruanda». Entre 1959 y 1961, casi 300 niños mestizos son enviados a Bélgica. A su llegada, algunos son recibidos directamente por una familia de acogida, como Luc, que entonces tenía 6 años y acaba en casa de una pareja francófona con dos hijos. Charles, mayor, entra en el instituto jesuita de Namur. «Una familia aristócrata inglesa se había acostumbrado a llevarme de vacaciones con ella. Me llevaba muy bien con los cuatro hijos. Un día me propusieron que me instalara en su casa y me acogieron como a un verdadero miembro de la familia. Tuve suerte».
Charles y Luc encuentran cierta tranquilidad en su nueva familia. No es el caso de todos los niños mestizos. La hermana de Luc es alojada en una casa donde la emplean casi como criada. Solo tiene 8 años. Por desgracia, Luc no descubrirá el infortunio de su hermana mayor hasta años después. «Las asociaciones que se habían encargado de buscarnos familias de acogida preferían que no nos comunicáramos entre miembros de una misma familia. No querían que pudiéramos comparar nuestras situaciones. No vi a mis hermanos durante diez años. Cuando nos reencontramos, ya no hablábamos el mismo idioma, porque ellos se habían criado en Flandes. Fue difícil recuperar los lazos fraternales».
Negro sobre blanco
Aunque la época colonial ha terminado, la mentalidad racista y paternalista de los belgas sigue muy arraigada. «En la Bélgica de los años sesenta, nos tomaban por salvajes», critica Luc. «Cuando empecé a dar clase, me costó hacerme un hueco en la escuela. Sentía que tenía que ganarme la confianza de mis compañeros y de los padres de los alumnos». Bélgica sigue mostrándose reacia a ofrecer un lugar en la sociedad a estas personas medio africanas.
«Hijos del pecado», llevan en el rostro la vergonzosa falta de sus progenitores y merecen, se dice, ser corregidos por ese desliz.
Charles recuerda, además, que el reconocimiento del padre belga no les daba la nacionalidad. «A los 18 años, me citaron en el ayuntamiento. Me preguntaron si quería la nacionalidad belga o la ruandesa. ¡Ni siquiera sabía que legalmente no era belga!». Quienes eligen la nacionalidad africana se arrepentirán más tarde: a menos que se casen, nunca serán belgas sobre el papel.
«Cuando hablo del pasado, de Save, no me entristece. Es verdad que vivimos experiencias difíciles, pero eso nos dio fuerza», relativiza Charles. Y Luc añade: «Me dan pena las personas de nuestra edad que no han conseguido dejar eso atrás. Creo que he superado mi pasado gracias a mi éxito en la vida afectiva y profesional». Los dos hombres han sanado sus heridas, apoyados por sus familias adoptivas y después por su entorno. Luc añade que la cicatrización pasa ante todo por una actitud positiva: «Mestizo no quiere decir 50/50. Quiere decir 100 + 100. Pensando así, uno se supera. Somos el 200%».
- 1 Palabras recogidas en el libro de Assumani Budagwa «Noir, Blanc, Métis. La Belgique et la ségrégation des Métis du Congo belge et du Ruanda-Urundi (1908-1960)» (2014), p. 173.
- 2 «La question mulâtre, colonisation et métissage», de Lissia Jeurissen. Puede leerse en una versión archivada (el original del CBAI ya no está en línea).
- 3 «Entre deux mondes. Le déplacement des enfants métis du Ruanda-Urundi colonial vers la Belgique», de Sarah Heynssens. Puede leerse aquí.
«No querían mezclarnos con los demás niños»
Nacidos de relaciones adúlteras, los mestizos están mal vistos desde su nacimiento en el Congo belga, católico y conservador. Pese a las miradas acusadoras, algunas parejas deciden casarse y criar juntas a sus hijos. François Milliex y sus hermanos forman parte de esos jóvenes que, gracias a sus padres, escaparon a un triste destino.
«Cuando los compañeros de mi padre veían a mi madre sentarse a la mesa con nosotros, le preguntaban a mi padre con apuro: “Ah, ¿comes con tu ménagère?”». François Milliex recuerda con precisión las palabras que usaban los coloniales. Y no es para menos: la «ménagère» es el término que se daba a la compañera local del colono durante su estancia en el Congo belga. Los blancos suelen tomar una amante para escapar de la soledad (lo que entonces se llamaba el coup de bambou, es decir, un bajón provocado por el desarraigo). No imaginan que de esas relaciones puedan nacer hijos y, cuando la naturaleza sigue su curso, prefieren abandonar a su mujer para buscarse otra. Lissia Jeurissen, historiadora belga, recuerda la mentalidad de la época respecto a estas relaciones: «Esta convivencia “a plazo”, aunque oficialmente desaconsejada por las autoridades coloniales, era muy frecuente, ya que la mayoría de los agentes llegaban al Congo sin su familia belga. A las concubinas negras se las llamaba entonces ménagères, y a veces se las desposaba a la manera indígena. Pero estas parejas parecían abocadas a la ruptura. En efecto, una vez terminado su contrato colonial, el bwana [colono blanco en suajili, N. de la R.] partía muy a menudo hacia un nuevo destino sin mirar atrás, sin sentirse ligado por ninguna obligación legal o moral hacia su compañera tropical».1
François y su hermano gemelo nacen en 1945 en Bukavu, en el Congo. Su padre tiene una plantación en Jimbi, en Burundi, cerca de la frontera congoleña. De origen francés, prefiere asumir sus responsabilidades respecto a sus hijos. Quizá porque la mentalidad colonial francesa difiere de la belga: mientras que Francia se instala en África con la idea de poblar las tierras (por ejemplo, en Argelia), el Congo es una colonia de explotación, donde el poder no contempla ni una inmigración masiva de familias belgas ni la integración de los coloniales en la sociedad autóctona.
En el patio de los blancos
«Las autoridades coloniales de Ruanda-Urundi aconsejaron a mi padre que nos internara en un colegio para niños mestizos. Era “lo mejor que se podía hacer”. No querían mezclar demasiado a los mestizos con los niños negros y blancos». François y su hermano son enviados en 1953 al instituto para mestizos de Save (se pronuncia «Savé»), una misión católica del sur de Ruanda. No se quedarán mucho tiempo. «Entramos en el instituto a los 7 años. Fue una experiencia terrible», recuerda emocionado. «Los otros niños nos tenían envidia porque papá venía a buscarnos en vacaciones. Ellos nunca recibían visitas, eran como huérfanos. Las hermanas también eran muy duras con nosotros. Al cabo de un año, nos quejamos de los malos tratos y nuestro padre nos cambió de colegio».
«Cuando los compañeros de mi padre veían a mi madre sentarse a la mesa, preguntaban con apuro: “Ah, ¿comes con tu ménagère?”».
Los gemelos están entre los primeros mestizos que entran en una escuela de blancos (su presencia estaba prohibida antes de 1948). Les enseñan la historia de Bélgica, Julio César y la Grecia antigua, pero ni una palabra sobre África. Poco a poco, la administración colonial deja entrar a alumnos negros, pero mantiene una distinción clara entre ambos grupos. «Aunque Bélgica no instaura oficialmente una segregación legal como tal en su colonia, el derecho colonial sí distingue entre los indígenas (autóctonos) y los no indígenas (trabajadores europeos)», explica la historiadora belga Lissia Jeurissen. «En el comedor, mis hermanos y yo comíamos con los blancos. Los negros comían al otro lado de la sala», recuerda François. Durante su infancia en África, se le considera parte del «bando» de los europeos. «A fuerza de eso, yo también me consideraba blanco. ¡Me llevé un choque al llegar a Bélgica! Aquí era al revés, claro. No se veía mi mezcla: era negro, y punto». La mayoría de los niños mestizos sufren estas estigmatizaciones, analiza Lissia Jeurissen: «A ojos de la opinión general, el mestizo belga es percibido de entrada como un extranjero, un africano, o se le remite a sus raíces duales, más allá de su nacionalidad legal y de su trayectoria personal».2
«¡Por fin, Europa!»
«En 1959, sor Lutgardis, la directora del instituto de Save, vino a casa para hablar con mi padre. Le explicó que se estaba evacuando a los niños mestizos y que debía enviarnos a Bélgica para ponernos a salvo de una masacre de tutsis. No estábamos demasiado tristes por irnos, porque estábamos convencidos de que volveríamos y nos haríamos cargo de la plantación de papá», rememora François. Con sus seis hermanos, llegan al continente con estrellas en los ojos. «Teníamos muchas esperanzas puestas en la vida en Europa. Durante años, en el despacho de mi padre, veíamos calendarios con chalés en Suiza, paisajes nevados y cielos azules. ¡Soñábamos con ello! El día que aterrizamos en Bruselas, helaba. Nunca en la vida habíamos pasado frío, de verdad que no nos lo esperábamos». Los mayores, François y sus dos hermanos, son enviados a un hogar en Rhode-Saint-Genèse. Los cuatro pequeños son acogidos por una familia flamenca adinerada. «Durante años no tuve casi ninguna noticia de ellos. La Association Pour la Protection des Mulâtres se resistía a darnos su dirección. Cuando nos reencontramos, ya no hablábamos el mismo idioma».
El problema de la falta de reconocimiento por parte del padre se les plantea tarde o temprano a todos los mulatos. «A los 18 años, podíamos elegir entre la nacionalidad belga o la ruandesa. No entendí lo que estaba en juego en esa elección y opté por papeles ruandeses. Cuando el país se independizó, pasé a estar en situación irregular. Vinieron montañas de problemas administrativos. Para firmar contratos de trabajo, por ejemplo, todavía hoy genera complicaciones. Incluso en el día a día, estos problemas me persiguen: cuando voy a Francia, a veces me paran en la aduana y me prohíben salir del territorio belga», refunfuña François.
«En el comedor, mis hermanos y yo comíamos con los blancos. Los negros comían al otro lado de la sala».
¿Sin rencor?
François Milliex no quiere detenerse en su pasado. Sabe que forma parte de los «mejor parados»: conoció a sus dos padres y creció con sus hermanos, mientras que la mayoría de los mulatos tuvieron que luchar para encontrar a sus progenitores y comprender lo que les había ocurrido. «He conocido a mestizos con los que no me sentía nada en sintonía. Estaban tan atormentados y eran tan infelices… Atribuían todos sus problemas a su condición de mestizos. Pero es verdad que yo no tuve un pasado tan difícil como ellos».
«En Bélgica, no se veía mi mezcla: era negro, y punto».
Sea cual sea el camino que hayan tomado, los mestizos de la colonización belga en África han quedado marcados por la separación, la deportación y la discriminación. Hoy, algunos han encontrado la paz; otros siguen cargando como un pesado fardo con ese pasado que nunca han conseguido dejar atrás. Su historia da fe de la injusticia y los abusos de la colonización belga, así como de una mentalidad poscolonialista de la que a Bélgica le ha costado mucho tiempo desprenderse. Assumani Budagwa reunió durante casi veinte años documentos de archivo y testimonios. En 2014 publicó «Noir, Blanc, Métis. La Belgique et la ségrégation des Métis du Congo belge et du Ruanda-Urundi (1908-1960)», el primer libro que ahonda a fondo en la historia de los mestizos nacidos durante la colonización belga. En él recuerda que, si bien estas investigaciones no deben llevar a un juicio condenatorio de los antiguos colonos, «algunas conductas o medidas administrativas han causado víctimas, por lo que es legítimo plantear la cuestión del reconocimiento, del perdón y de las reparaciones». La Association Métis de Belgique aspira, de hecho, a obtener una disculpa pública del Gobierno federal por la discriminación de los mestizos durante el periodo colonial y su traslado a Bélgica en 1959. Defenderá primero su causa ante el Parlamento francófono de Bruselas, el próximo 20 de octubre. Enterrado durante mucho tiempo en los meandros del olvido, el velo se levanta poco a poco sobre este capítulo de nuestra historia colonial.
- 1 «La question mulâtre, colonisation et métissage» (2011), de Lissia Jeurissen. Puede leerse en una versión archivada (el original del CBAI ya no está en línea).
- 2 Ídem.